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Lectura espiritual: Semana de 22 de mayo de 2017

Lectura Espiritual

Semana de 22 de mayo de 2017 (referencia: Lecturas del domingo 28 de mayo)

Ascensión del Señor - Lecturas: Hch1,1-11; Sal 46; Ef 1,17-23; Mt 28,16-20

Ya no necesitamos esperar la venida del Señor para estar con Él, porque Él está dentro de cada uno de nosotros

 

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En la solemnidad de la Ascensión del Señor, vemos que nuevamente Jesús se despide de sus apóstoles y discípulos. Pero esta despedida ocurre en un ambiente muy diferente de la despedida de la Última Cena y de la posterior muerte de Jesús. En aquella ocasión, los apóstoles y discípulos quedaron totalmente desconcertados ("sin norte"); quedaron decepcionados y con un enorme vacío: fueron los primeros cristianos en sentir las famosas "noches oscuras". La despedida de la Ascensión, sin embargo, está llena de esperanza: Él asciende al cielo después de pasar unos cuarenta días con sus apóstoles como resucitado. Ya no había miedo, no había vacío, no había decepción, porque Cristo restableció la confianza y la alianza con ellos, a través de la resurrección.

Sólo faltaba llenar un único vacío que sedimentaría la formación de la Iglesia, una comunidad que iba mucho más lejos que Jerusalén y mucho mayor que la comunidad judía: una Iglesia que fuera anunciada por todo el mundo. Este vacio de fuerza y sabiduría será llenado por el Espíritu Santo, que vino en forma de fuego, en Pentecostés, anunciado y traído por Jesús y por el Padre.

Los apóstoles habían sido bautizados por el agua, por Juan Bautista, el precursor de Jesús, pero ahora son bautizados por el Espíritu Santo: su santidad sería sellada para siempre. Y tendrían el poder de bautizar, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, a todos: judíos, griegos, paganos, gentiles, romanos, a todos nosotros

Es muy interesante la escena de la contemplación de la Ascensión del Señor. El texto de Hechos (1,10-11) dice: "Los apóstoles seguían mirando al cielo, mientras Jesús subía. Aparecieron entonces dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: 'Hombres de Galilea, ¿por qué os quedáis aquí parados, mirando al cielo? Jesús que fue llevado al cielo vendrá del mismo modo que lo habéis visto partir”. Es como si el Señor quisiera decir: está bien, la contemplación es importante, pero vosotros ahora tenéis que llevar el legado de la muerte y resurrección a todos los que están sedientos de sentido para sus vidas.

Esto me recuerda al propio San Vicente de Paúl. Todos conocemos su faceta de líder, de realizador de obras, de organizador de la caridad. Pero hay un lado de San Vicente que a veces nos olvidamos: él pasaba horas en oración (en ascesis). Pero su oración tenía una característica interesante: una vez que, a través de la oración, compendía la voluntad de Dios, salía para realizarla. Podemos decir que San Vicente practicaba una ascesis práctica.

Vale la pena que pensemos un poco sobre el sentido de nuestra vida, nosotros que recibimos el regalo de la vocación vicenciana. Comprender que el bautismo que tuvimos fue más que el bautismo de Juan, el estar bautizado en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo ES El que hace la diferencia. Ya no necesitamos esperar la venida del Señor para estar con Él, porque Él está dentro de cada uno de nosotros.

El siguiente paso sería experimentar la ascesis práctica. Ponernos de rodillas ante el Santísimo Sacramento y buscar entender lo que el Espíritu Santo quiere que hagamos. Ponernos también de rodillas ante el Pobre que asistimos (y que es Dios por excelencia) y escuchar de él lo que el mismo que El Espíritu Santo quiere que cambiemos en nuestra vida o como quiere que evangelizemos hasta los confines de la tierra. Buscar en el sagrario del altar y en el sagrario de la casa del asistido la razón de nuestra vida, nos hace verdaderos apóstoles de Cristo, en espíritu y en acción, en verdad y en vida.