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Lectura Espiritual del Domingo 7 de enero

01 enero 2018 Noticias del CGI

Lectura Espiritual del Domingo 7 de enero

Semana del 1 de enero de 2018 (referencia: lecturas del domingo 7 de enero)

Epifanía - Lecturas: Is 60,1-6; Salmo 71 (72); Ef 3,2-3a.5-6; Mt 2,1-12

"¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Hemos visto su estrella en Oriente y venimos a adorarle”.

Reflexión Vicentina

En esta semana celebramos la Epifanía del Señor, lo que significa la manifestación de Jesús a todos los hombres, después de su nacimiento en Belén. Es una "luz" que se enciende en la noche del mundo y atrae a todos los pueblos de la tierra, cumpliendo el proyecto liberador que el Padre nos quería ofrecer desde siempre. Esta "luz" encarnó en nuestra historia, iluminó los caminos de los hombres, los condujo al encuentro de la salvación, de la vida definitiva.

En la primera lectura, el profeta Isaías, inspirado en la luz del sol naciente, anuncia la llegada de la luz salvadora, que transfigurará Jerusalén y que atraerá a la ciudad de Dios pueblos de todo el mundo. Jerusalén es una ciudad en construcción, así como su Templo, y volverá a ser bella y armoniosa, después de la salvación traída por Dios. Él se presenta como quien está constantemente preocupado por la vida y la felicidad de los que caminan en su misma dirección.

En la segunda lectura, Pablo presenta el proyecto salvador de Dios como una realidad que va a alcanzar a toda la humanidad, juntando judíos y paganos en una misma comunidad de hermanos - la comunidad de Jesús.

En el Evangelio, Mateo presenta la figura de la luz, de la pequeñez de Belén y del pesebre, y del descubrimiento del Niño que transforma el corazón de los Magos, sólo por mirar y estar cerca del Niño, haciendo que dejen las ofrendas y cambien el recorrido de sus vidas.

El proyecto de liberación que Jesús vino a presentar a los hombres es la luz que vence las tinieblas del pecado y la opresión para dar al mundo un rostro más brillante de vida y de esperanza.

Como los Reyes Magos, todos nosotros también buscamos la luz, queremos un significado para nuestra vida. El vicentino no es diferente. Al contrario, busca su salvación - y la de los demás - en cada instante de su vida.

El vicentino tiene la gracia de ser guiado por la luz de Cristo que lo lleva a la casa del Pobre. No es solamente Jerusalén ni Belén: Es la casa del Pobre, que para muchos es la más pequeña de todas las casas, la que se convierte en la cueva donde el vicentino encuentra la salvación.

 El vicentino también es guiado por la luz (por la vocación) a la Conferencia, que es la comunidad de la que habla Pablo: su refugio (su cueva) contra todo de mal que sucede fuera del ambiente de la Conferencia. Es en la Conferencia que cada uno se coloca humilde como el Niño, buscando manifestar la luz del descubrimiento de su vocación.

 La Conferencia y la casa del Pobre se completan en un misterio divino que se vuelve claro para el vicentino. En los dos, se forma la comunidad de fe, donde todos son iguales, todos caminan juntos hacia la luz que es la salvación dada por Dios a todos. En la Conferencia, la amistad, la oración y el compartir la vocación generan un grupo mayor que cada uno en particular. En la casa del Pobre, el vicentino se hace menor que el dueño de la casa, llega como rey y se transforma en el oferente de sus dones y adorador del pesebre que lleva al Niño Jesús. Al llegar, tanto en la casa del Pobre, como en la Conferencia, el vicentino encuentra la luz, es decir, el significado para la vida. Lo que antes era misterio (la presencia de Dios en el otro, tanto en el Pobre, como en el consocio) pasa a ser desvelado, descubierto, iluminado. Es allí donde el vicentino encuentra la salvación, la manifestación de Cristo nacido en la sencillez del pesebre. Por eso, al llegar a la casa del Pobre y la Conferencia, el vicentino ofrece todo lo que tiene de mejor de sí -el oro, incienso y mirra- que se traducen en su tiempo y en el pan compartido con los "más pequeños del Padre".

 Y después de depositar a los pies del Pobre y de sus consocios "sus bienes", el vicentino sale con su corazón transformado y cambia el recorrido de su vida. Ya no hay lugar para el pecado, la tristeza, la duda. Pasa a existir solamente la fe en el Dios-niño, la esperanza en el encuentro definitivo con el Padre y la vivencia del amor en plenitud. El pecado da lugar a la misericordia, la tristeza es sustituida por la alegría del anuncio del nacimiento del Señor y el miedo se traduce en la fuerza evangelizadora del Espíritu Santo.