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Lecturas del domingo 18 de febrero

12 febrero 2018 Noticias del CGI

Lecturas del domingo 18 de febrero

Semana del 12 de febrero de 2018 (referencia: lecturas del domingo 18 de febrero)

1. Domingo de Cuaresma - Año B - Lecturas: Gn 9,8-15; Salmo 24 (25); 1 Pe 3,18-22; Mc 1,12-15

"Se cumplió el tiempo y está cerca el Rreino de Dios. Arrepentíos y creed en el Evangelio."

Reflexión Vicentina

Iniciamos esta semana el período de la Cuaresma, que son los cuarenta días que preceden a la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Es un período de reflexión basado en el ayuno, en la oración y la limosna. Estos tres elementos sólo tienen sentido, si se utilizan para estar más cerca de Dios: el ayuno es una ofrenda de sacrificio, la oración es una ofrenda de humildad (en el sentido de aceptar la misericordia de Dios) y la limosna nos acerca a Dios, está presente en el otro que ayudamos.

El número cuarenta aparece en la Biblia asociado a una prueba de fe o de resistencia: cuarenta años del pueblo de Israel bajo la dominación de los filisteos o de Saúl; cuarenta años de espera de Moisés en Egipto; y, finalmente, cuarenta días que Jesús pasó en el desierto, antes de sufrir el martirio.

Interesante es que es el propio Espíritu Santo quien lleva a Jesús al desierto para ayunar y posteriormente ser tentado por el demonio. De hecho, a veces, es necesario que dejemos el mundo de lado y tomemos un tiempo en nuestra vida para ayunar, para reflexionar, para probar si nuestra fe es una cómoda participación en los sacramentos, o si es una verdadera donación de nuestra vida a Dios. Jesús “se retiró” cuarenta días para prepararse para el sufrimiento que estaba por venir. No debemos ver los momentos en que nos alejamos del mundo para ayunar y rezar, como un sufrimiento, sino como una oportunidad de salir de este período mejor de lo que entra. Y este es el desafío de los próximos cuarenta días: que la práctica del ayuno, de la oración y de la limosna pueda servir para que después de la Pascua, estemos diferentes, más fuertes, con menos miedo de evangelizar, de enfrentarnos a los problemas del día a día.

Para ello, es necesario primero que, como dice el autor de la carta de Pedro (en la segunda lectura de hoy), podamos "morir para la carne, para volver a la vida por el Espíritu". Morir por la carne significa dejar de lado la vanidad, la ansiedad, algún sacrificio de comida, el sentimiento de venganza contra el otro que nos decepcionó, la codicia exagerada por el dinero, el poder y la gloria. Morir para la carne también significa dar prioridad a Dios: tomar un poco de nuestro tiempo diario y simplemente rezar o escuchar lo que Él quiere de nosotros. Morir por la carne significa también, finalmente, salir de nuestra "burbuja" e ir al encuentro del hermano que necesita de nosotros, sea de una limosna, sea de un momento de atención para escucharlo.

Para el vicentino, estos ejercicios deberían formar parte de todos los días del año, no sólo de la Cuaresma, pero yo invito a todos los vicentinos a intensificar el ayuno, la oración y la visita aún más durante estos cuarenta días. Ciertamente, vamos a ser tentados a desistir, o a pensar para que hacer el sacrificio, si nadie lo hace y si Dios nos ama de todos modos (con o sin sacrificio). Pero el ejercicio de la Cuaresma no se hace para Dios: al final, se hace para nosotros mismos. Dios no necesita nuestro sacrificio,pero nosotros sí, necesitamos para fortalecernos, para vencer nuestros vicios, nuestros límites y nuestra tendencia a pensar que somos el centro del universo. Es necesario que nos transformemos a través de la liberación de todo lo que nos aleja de Dios. Y la cuaresma es un período muy bueno para esta liberación. Es el momento de ponernos en el "desierto" de nuestra vida y vaciarnos de todo lo que nos incomoda. Hay dos formas (que se complementan) de realizar esta liberación.

 La primera forma es buscar el "vaciamiento" de nuestros vicios, es decir, dejar los vicios en el "desierto de la cuaresma". La segunda forma es llenar el espacio vacío, el "desierto", con las virtudes. Según escribió el autor del libro "Liderazgo Místico - Un Modelo basado en la Experiencia Vicentina", cada virtud tiene un vicio que le es contrario. Las personas son impulsadas por virtudes o por sus opuestos, tales como prudencia - opuesto de impulsividad y humildad - opuesto de arrogancia. Todo el tiempo estamos delante de elecciones entre una virtud y su opuesto - un vicio.

En esta cuaresma, se propone que hagamos un ejercicio simple, pero muy eficaz. Tomemos un papel pequeño y, a la izquierda, escribimos las tres virtudes que queremos desarrollar en nuestra vida. Por ejemplo, hay tres grupos de virtudes: las cardinales, las teologales y las vicentinas.

Las virtudes cardinales son: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Las teologales son: fe, esperanza y caridad. Y las vicentinas son: sencillez, humildad, mansedumbre, mortificación y celo. En el lado derecho del papel, escribimos los tres vicios que queremos "dejar en el desierto de la cuaresma".

Por ejemplo, los vicios pueden ser los opuestos de las virtudes o pueden ser algo más específico, como: dejar de beber en exceso, dejar de fumar, no dejar sola a la familia, dejar de hablar mal de las otras personas ... los sacrificios más difíciles de “soltar en el desierto”, ¡más difíciles que el ayuno o la abstinencia de carne! Propongo que llevamos este papel en nuestro bolsillo y cada semana, nos disponemos a ejercitar una de las tres virtudes y "soltar" uno de los tres vicios que escribimos. No olvidemos que la conversión es un ejercicio de elecciones que suceden cada semana, cada día, a cada instante ... De dejarse tomar por el Espíritu Santo para ir al desierto es entrar dentro de nosotros mismos, en el más profundo de nuestra alma, para que podamos conocernos mejor: conocer nuestras fortalezas y nuestras debilidades, entender nuestros límites y descubrir que la "alianza" con Dios hace todo posible, es todo más alegre y todo con más sentido.

La primera lectura presenta la alianza con Dios como la salvación del diluvio, teniendo como agente Noé. La segunda lectura presenta esta misma alianza, pero ahora como el bautismo, teniendo como agente al Espíritu Santo. El Evangelio nos pide que nos preparemos durante cuarenta días para la alianza definitiva, la Eucaristía y la Resurrección del Señor, en la que el agente es el mismo Dios que llega al límite del sacrificio por nosotros.